Emilia nunca se imaginó que el sueño
que la acechó desde su niñez no sólo
se haría realidad, sino que se palmaria en la producción
de joyas étnicas de inspiración africana.
Pero al ser trasladada su familia (en este entonces marido
y dos hijas gemelas) a Costa de Marfil- África
del Oeste) por motivos laborales, se le abrió un
mundo del cual tenía una sospecha primigenia, una
intuición ancestral, pero al que nunca había
tenido acceso: el fascinante mundo de las gemas y piedras
milenarias. Ámbar, marfil, ágatas, lapislázuli,
malaquita, turquesa, vidrio cristalizado, entre otros-
exquisitamente trabajados y exhibidos en los mercados
africanos en un alarde de colorido y creatividad. Estos
intrigantes objetos de arte son recipientes en miniatura
colmados de secretos, ya que además de su atractivo
estético, nos hablan de los valores culturales,
económicos, sociales, y mágico-religiosos
tanto de los pueblos que los produjeron como de aquellos
que los lucieron como un símbolo de comunicación
social y status quo.
Tanta riqueza cromática sensorial y cultural,
la convirtieron de la noche a la mañana en una
ávida coleccionista de estos tesoros en miniatura,
que susurraban al oído misterios y leyendas ancestrales.
La atracción que sentía por ellos se convirtió
en necesidad de portarlos por lo que se dedicó
a aprender de su gran amiga y diseñadora de joyas,
Kathy Kock, el arte básico del montaje de joyería.
Muy pronto, como llevada por una vorágine, nació
una nueva pasión. La confección de joyas
pasó de ser un hobby para convertirse en su quehacer
profesional a tiempo completo. Sus diseños iniciales
fueron de inspiración marcadamente africana, por
lo que su colección fue bautizada; África
Vive. A su regreso a Costa Rica en 1990, apoyada primordialmente
por sus padres y su hermano Víctor, decidió
continuar con esta nueva actividad que siempre tuvo un
dejo de nostalgia antropológica. En Agosto de 1991,
para celebrar el Día de la Madre, realizó
su primera exhibición.
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